martes, marzo 24, 2009

Rocas

Redonda y caliente, aquella piedra volcánica acababa de salir de las entrañas de la tierra, y se había depositado en el fondo del mar. Enfriándose, mezclándose con el oxígeno del agua, con la sal, con la materia orgánica. Mientras se enfriaba, las reacciones físicas y químicas se multiplicaban en su interior, y se veía sometida a la presión, a las impurezas, a la perdida de calor. Enfriándose, alejándose de la grieta que la había parido. Cuando el calor desapareció completamente y sus contornos quedaron perfectamente delimitados, tomó conciencia de sí misma ¿o de sí mismo?. Un rumor de voces la hacía ser consciente de su existencia. Se dio cuenta de que estaba rodeada de otras muchas rocas volcánicas como ella. Así comenzó su largo viaje por la plataforma atlántica. Alejándose de la cordillera oceánica, acercándose a África.
No sabía, ni que ese viaje iba durar millones de años, ni las transformaciones que iba a padecer. Conforme se iba alejando del origen, las rocas que iba conociendo le hablaban de otros mundos en los que no había agua, sólo minerales. Cada roca tenía una historia, y cada roca hablaba de mundos diferentes. Lugares sin agua, sólo con material sólido. Lugares con agua, plantas y animales. Lugares con una luz cegadora que obligaba a reflejar parte de esa luz, porque los metales no podían absorberla.

Los átomos de hidrógeno y de cobre se acoplaban lentamente. Sus conexiones eran lentas, pero parecían determinadas a un objetivo preestablecido. Las otras rocas no tenían conciencia de lo que ocurría en su interior. Pero ella, sabía que sus iones, sus electrones, sus moléculas, sus enlaces, todos estaban encaminados a convertirse en otro material distinto del que era. Las otras rocas se reían, sobre todo aquellas cuyas impurezas eran mayoritariamente de cadmio ¡ qué pedante era el cadmio!

- Para cristalizar, hacen falta tres condiciones : presión, espacio y tiempo-.
Nunca se había llevado bien con el cadmio, decía tonterías ¿ o es que para ser cobre y estar formado por cristales de cobre no hacían falta también presión, espacio y tiempo?.

Deseaba un terremoto que alejase aquellas rocas de cadmio lejos de ella. Sabía que el cobre no era tan importante como el oro o el cadmio, pero pensaba que al no ser tan importante, tendría más libertad de acción y podría mezclarse con otros elementos químicos y formar sustancias nuevas. No le gustaban los puritanos, porque poseían enlaces con poca afinidad con otros elementos y además, siempre se daban aires de superioridad.
Su desplazamiento por el suelo marino le trajo conocimiento, experiencia y sobre todo paciencia. Un buen metal, si quiere llegar a serlo, debe tener ante todo, mucha paciencia.

En su largo viaje se subsumió bajo el suelo de África y ahí su memoria se volvía perezosa y confusa. No recuerda bien que ocurrió dentro de aquel magma, de aquel caldo incandescente de metales con una temperatura tan alta que le nublaba la razón. No sabe cuanto tiempo permaneció allí, pero si recuerda su segundo nacimiento. Apareció en medio de una fuerte presión que la empujaba hacia arriba, de un modo lento, pero inflexible. En esta interminable ascensión, su composición cambió, y el oxígeno que la acompañaba en aquel viaje, iba transformando su estructura, oxidando, cambiando la posición de los átomos, creando nuevos enlaces, y así, lentamente, los cristales internos se reconvertían en nuevas nubes de electrones. Recordaba su esencia, era el cobre, pero ahora sabía que, al terminar todo el proceso, sería una sustancia diferente.

Cuando la luz del sol le dio de lleno en la superficie, no se sintió capaz de retener ni un rayo, la mayoría de ellos fueron reflejados, y en ese instante, supo que había cambiado. Todavía conservaba restos de su origen, -cobre, oxígeno-, pero ahora, estaban combinados de otro modo, y esa nueva combinación era un nuevo mineral, era carbonato básico de cobre. Recordaba las palabras de su primera juventud - presión, espacio, tiempo- ¿sería definitivamente un cristal acabado? Toda su configuración interna había cristalizado perfectamente en un sistema. Mientras trataba de reconocerse, oyó unas voces que no eran de otras rocas, sino de unos animales de los que había oído relatos. Animales de la superficie. Sí, por fin su proceso de cristalización había terminado. Ahora era un mineral con identidad propia, con nombre propio.

Las voces hablaban de un yacimiento de verdemonte, ¿a qué se referían?
La mesa de malaquita era una de las piezas más importantes de aquel salón, de aquel museo. Los visitantes admiraban aquella pieza. Ella se sentía importante de ser un cristal perfecto, utilizado para crear una mesa perfecta.
Las luces de la sala se apagaron, los visitantes ya no estaban, sólo quedaban los vigilantes jurado. Juan llevó lentamente a Carmen junto a la mesa. Una reacción química y física se estaba produciendo en aquel salón. El material de la mesa intuía que aquellos dos cuerpos, jadeando sobre su superficie, también estaban cristalizando. Era evidente que las tres condiciones necesarias, presión, espacio y tiempo, se daban sin ninguna limitación.

La mesa de malaquita observaba en silencio a los dos amantes, y mientras disfrutaba de aquel espectacular intercambio de sustancias químicas, confiaba en no ser trasladada de museo, y así, poder establecer contacto con el nuevo cristal, que si bien no sería oxido de cobre, era obvio que estaría formado por la unión intima de dos cuerpos diferentes.

El carbonato de cobre pensaba, que si algún día volvía al fondo del mar, contaría leyendas del exterior, de la superficie. Sería una anciana, acompañada de su fiel oxido, respetada por los jóvenes metales, y podría desquitarse del pedante cadmio y del destructor uranio. Sólo debía esperar.


Fecha del escrito 1998, más o menos.