¿Por qué espero tu llamada, cuando es el silencio quien habla?
¿Por qué es tan la larga la hora en la que la noche no se va y no llega la mañana?
¿Por qué no renuncio a tu voz? Porque me quedo sin alma.
Sin alma no puedo esperar, ni el silencio ni la palabra.
No importa, me volveré niña, y haré cabriolas en tu mirada. Tu mirada habla tanto que no quiero tus palabras.
En silencio me voy a mi infancia, en aquellos días no estabas, y mayo era mayo y abril era abril, y los pinos me abrazaban, los arroyos me esperaban y la piedras azules, calladas, me cobijaban en su silencio mineral, silencio primordial de la tierra. Entre la piedra y el agua ya no escucho tus palabras. Los pinos me dan su abrazo y a mi voz le contesta el eco de las montañas.
Ya no espero tu llamada, en mi infancia tú no estabas.
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Recordar tus ojos, tu voz tan dulce, y tu sonrisa. Refugiarme en tu acento, esconderme en tu mirada. Soñar calles mojadas, y charcos nuevos, paraguas lilas. Jugar en los bordillos de las aceras como una niña.
Me quedaré esperando algún encuentro inesperado, regalaré un pastel a un niño hambriento de ojos grandes.
Y en la mesa escondida del café nuevo te contaré historias. Historias de capillas, de curas viejos, de amores tiernos. Tu cara se ilumina cuando te digo que hay hombres buenos, hombres de paz antigua, de amor sereno.
Pero el café se acaba y no hay encuentros inesperados. Los hombres buenos callan y yo te espero en mi silencio.
Pido otro café confiando en que algún día sepas que tu voz se enreda en mi pelo. La lluvia nueva borra tu acento, abro mi paraguas y me voy lejos, junto al río de mi infancia, allí te espero.
Fecha del escrito mayo de 2008
viernes, marzo 27, 2009
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